Una historia intercontinental
Estamos en pleno mundial de clubes en Japón. Este torneo ocupa el lugar de la vieja copa Intercontinental que disputaban el Campeón de Europa y el Campeón de América.
Sabido es que los europeos muchas veces prestan poca importancia al torneo, o al menos eso dicen para minimizar las derrotas sufridas con equipos sudamericanos.
Muchas finales se me vienen a la mente, pero hoy vamos a recordar una de las más espectaculares, por el desenlace y por la diferencia de potencial que había en la cancha.
Se trata de la final de 1988 que enfrentaba al PSV Eindhoven y el Nacional de Montevideo.
Los holandeses dirigidos por un tal Gus Hiddink, contaban con una constelación de estrellas en las que se destacaban el golero de la selección Van Breukelen, el lateral belga Gerets (el primero que ví tirar saques de banda como centros), el central y actual DT del Valencia Ronald Koeman, el medio centro danés Lerby, y la presencia estelar en el ataque de el brasileño Romario.
En filas tricolores el único jugador relativamente conocido era el zaguero Hugo De León que ya había sido Campeón de América en otras dos oportunidades con el propio Nacional y con Gremio de Portoalegre.
Las apuestas era unánimes a favor de los holandeses, sin embargo el equipo uruguayo se adelantó en el marcador en el primer tiempo con un gol de el volante Santiago Ostolaza.
PSV presionó y presionó en busca del empate y lo logró promediando la segunda parte por intermedio de Romario.
Con el resultado igualado se fueron al alargue donde Romario puso en ventaja a los holandeses mediante el cobro de un tiro penal.
Ya en el último segundo Ostolaza nuevamente a la salida de un corner empataba agónicamente el partido.
En la tanda de penales los holandeses se adelantaron por dos tantos, pero una para del meta uruguayo Jorge Seré y el larguero que devolvió el último disparo de Soren Lerbi, volvieron a marcar la igualdad. Igualdad que se repetía, mientras la tensión iba creciendo cada vez más.
Pintos Saldaña pudo darle a los uruguayos la copa en el séptimo penal, pero su disparo dio en el larguero.
Van Breukelen no pudo tapar el disparo de Ostoloza (MVP del partido) que luego declarará que solo sabía patear para ese lado y luego de que Seré parara un nuevo penal, llegó el turno para que Tony Gómez la colgara y desencadenara el festejo tricolor.
La sorpresa fue mayúscula y volvió a refrendar que en el fútbol no hay lógica y que vale más el corazón que las figuras y billetes del contrincante.
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el global.
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